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Afer Ventus: La Canción de Eolo Enamorado

“Afer Ventus: La Canción de Eolo Enamorado” es un poema que entra en escena con una fuerza estética muy particular, casi como si quisiera invocar al viento mismo desde sus primeros versos. Se sostiene sobre un lenguaje deliberadamente cargado, solemne y lleno de ornamentación, alejándose por completo de la sencillez del epígrafe de Benedetti que lo antecede. El poema no quiere sonar moderno ni mínimo: quiere sonar grande, antiguo, ceremonial. Y lo consigue.

Lo primero que llama la atención es la exuberancia del estilo. La autora o autor despliega una profusión de imágenes que remiten a una estética cercana a la poesía pseudoépica del Romanticismo tardío, donde las palabras parecen escogidas para amplificar su resonancia simbólica. Habla de “efluvios”, “rocíos arcanos”, “corceles de nubes”, “ruecas de lluvias”. Todo tiene una textura verbal densa, como si el poema estuviera recubierto de un velo litúrgico. Esta decisión estética crea una atmósfera poderosa, pero también exige al lector una lectura lenta, casi ceremonial, para poder captar la riqueza de cada verso. Es poesía que se degusta con calma, no que se consume al paso.

El uso de referencias mitológicas es quizá el rasgo más distintivo. El poema invoca a Apeliotes, Céfiro, Cecias, Noto, Odiseo, Circe, Rea, Alcíone y varios nombres más relacionados con los vientos y las aguas de la tradición griega. Esta constelación de figuras dota al texto de un aire erudito, pero también puede resultar abrumadora. Hay estrofas donde parece que cada línea siente la obligación de incluir una referencia nueva, y esto puede saturar incluso al lector habituado a la mitología clásica. La intención es clara: elevar el romance de Eolo a una escala épica. Y, en gran parte, lo logra. Pero también es cierto que el poema exige al lector que abra su propio diccionario mitológico interno para seguirlo sin tropiezos.

El tema central es atractivo y está bien ejecutado: un Eolo enamorado, rendido no ante una mortal sino ante una estrella. Esta figura cósmica funciona casi como un amor platónico, lejano e inalcanzable, y Eolo se desvive por ella con una entrega excesivamente romántica. La poesía lo muestra vistiéndola de brisas, adornándola de lunas, construyendo para ella reinos atmosféricos. Su amor es insistente, un amor que no se desgasta sino que gira en torno a un anhelo eterno. El poema dibuja a este dios no como una figura de poder distante, sino como un amante vulnerable, obsesionado con la luz de su musa.

La musicalidad del texto oscila entre momentos de enorme belleza y otros un poco recargados. El predominio de adjetivos y la acumulación de imágenes en algunas secciones hacen que el ritmo se vuelva denso. No es un defecto en sí mismo, sino una apuesta: el poema quiere sonar así, con exceso, con gotas verbales cayendo unas sobre otras como lluvia insistente. Es un estilo coherente con la temática y con la intención estética del conjunto.

El cierre del poema, que retoma imágenes del inicio, da una sensación de circularidad, como si Eolo repitiera eternamente su gesto amoroso. Esa repetición otorga unidad y refuerza la idea de un amor que, como los vientos, vuelve una y otra vez al mismo lugar. No busca resolución, sino permanencia.

En conjunto, “Afer Ventus: La Canción de Eolo Enamorado” es un poema ambicioso, barroco y profundamente atmosférico. No pretende ser accesible ni ligero. Es una pieza para lectores que disfrutan de la ornamentación verbal, del peso simbólico y del lirismo mitológico. Quien se acerque buscando simplicidad probablemente se pierda entre tantos nombres y aromas antiguos. Pero quien disfrute adentrarse en un templo hecho de palabras encontrará aquí una obra vibrante, intensa y deliberadamente grandiosa.

Riven Lane

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