VESTIBULAR

VESTIBULAR

El poema “En la filosofía de la ventisca y la oquedad” contenido en VESTIBULAR se despliega como un tránsito por el espacio onírico de la pérdida, un paisaje donde lo natural se vuelve metáfora de un sujeto escindido que avanza sin horizonte, modulando cada imagen como un retorno obsesivo a lo que no puede nombrarse. Desde los primeros versos —“un sendero donde las calandrias y los encinos / son una agrupación de apócrifas corolas”— aparece la deformación perceptiva que Freud relacionaría con el trabajo del sueño: nada es exactamente lo que debería ser, todo se presenta bajo la lógica del desplazamiento, como si el mundo se hubiera vuelto un decorado simbólico en el que las formas fluctúan y los límites se desdibujan. Lo apócrifo inaugura ya la imposibilidad de la certeza.

La frase “pensando en olvidar / y olvidando pensar” funciona como un nudo lacaniano donde el sujeto se enfrenta al fracaso del dominio consciente; quien habla reconoce que el acto de olvidar es de por sí una paradoja, porque —como señala Freud en Duelo y melancolía— cuanto más se intenta expulsar un contenido, más retorna investido de insistencia. El poema parece saberlo: ni el día muere con la noche ni los nombres con las horas, porque el tiempo, en su estructura interna, no obedece al calendario sino al ritmo de la repetición psíquica. El yo poético avanza, pero avanza dentro del mismo círculo.

Cuando el poema dice: “Voy buscando cosas invisibles / rotas / inmanentes / cadentes / de toda lógica y razón”, lo que aparece es una figura melancólica que se orienta hacia objetos imposibles. Klein diría que el sujeto se aferra aquí a objetos parciales cuya ausencia inaugura un duelo sin fin. Buscar lo invisible es buscar lo que no puede recuperarse; buscar lo roto es sostener la esperanza de recomponer una escena originaria que jamás vuelve a existir; buscar lo inmanente es, en términos psicoanalíticos, intentar aferrarse al eco del primer Otro, ese que se experimentó como absoluto antes de fracturarse.

La ventisca que “se eterniza en un instante” y la “lluvia leve de cicatrices” condensan, mediante imágenes táctiles, el modo en que el poema transforma el dolor en clima. Lacan hablaría aquí de lo real manifestándose: aquello que no puede simbolizarse plenamente y que irrumpe como sensación pura, como inclemencia emocional. Las aves —“codornices y perdices”— que se pierden en la maleza y “ya no vuelven jamás” escenifican un abandono primario, casi un trauma temprano. Como si el poema insinuara que lo abandonado no deja rastros, sólo la certeza de la ausencia.

El trueno que “se arrodilla ante las osamentas de la calma” introduce una inversión jerárquica: lo violento cede ante lo muerto, como si el silencio tuviera más fuerza que el estruendo. Freud vería en esta imagen el triunfo del principio de muerte, que se impone incluso sobre las fuerzas más activas. Y cuando “las tardes se quiebran / como el yeso sobre marea / lenta y férrea”, el tiempo vuelve a mostrarse frágil: el yeso debería ser sólido, pero aquí se desmorona ante una marea que es a la vez lenta y rígida, una contradicción que sólo el inconsciente puede sostener sin quebrarse.

El cierre del poema intensifica la dimensión fantasmática: “Voy como siempre buscando cosas que no existen / fantasmas, / gente muerta… / A ti…” La figura interpelada —“incruenta silueta / de atavismos y racimos / de lluvia gris”— se inscribe en la lógica del objeto perdido del psicoanálisis. Lacan llamaría a esta figura un objeto a: aquello que causa el deseo pero que nunca puede obtenerse. No tiene carne (“incruenta”), es apenas una silueta, un vestigio, un compuesto de herencias antiguas (“atavismos”) y humedad emocional (“lluvia gris”). En esta reducción a la sombra, el poema insinúa que lo amado es, en esencia, una ausencia que baña cuerpos vulnerables: “las doncecillas traumatizadas”. Aquí la escena se abre hacia el trauma colectivo, hacia figuras femeninas heridas, espectros de una historia emocional que el sujeto carga sin poder metabolizarla.

En conjunto, el poema se erige como una caminata por la oquedad interior, un tránsito donde lo exterior refleja lo interno, donde el paisaje es un espejo roto del inconsciente. La filosofía que propone no es una doctrina, sino una poética del vacío, un modo de pensar a través de la ventisca: aquella que difumina, confunde, erosiona y, sin embargo, permite avanzar.

Bianca Alicia Alas

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