VESTIBULAR

Tundras Infinitas

El poema “Tundras Infinitas” despliega un imaginario de desolación que opera como una geografía psíquica, una cartografía del yo que insiste en fracturarse y rehacerse, evocando lo que Freud llamaría “la compulsión de repetición”, ese retorno constante a un territorio interno que duele pero que, paradójicamente, constituye la única certeza posible. Desde el verso inicial —“Alienado cielo me traes victorias pasajeras”— el texto sitúa al lector en un escenario donde lo externo se experimenta como intrusión, casi como un objeto persecutorio, en los términos de Melanie Klein, que se filtra en la subjetividad para producir una victoria efímera, contaminada por la amenaza del derrumbe. La palabra “alienado” ya es un signo de fractura: un cielo que debería ser continente deviene agente de despojo.

La imaginería elemental —agua que arde, viento roto, gelatina de cierzos— configura un paisaje que no obedece a leyes naturales, sino al principio primario del inconsciente, que según Freud opera por condensación y desplazamiento. El poema construye, así, un espacio donde las fronteras se difuminan y los elementos se vuelven híbridos, convocando un mundo más cercano al sueño que a la vigilia. Cuando el yo poético afirma: “Compungido me retiro / como un paso soterrado de asfalto / que flota”, se produce lo que Lacan llamaría un deslizamiento del significante: el cuerpo ya no pisa tierra firme, sino una materialidad que contradice su propia esencia. El suelo flota. El sujeto también.

El texto está sostenido por imágenes de pérdida y devastación que operan como restos diurnos transformados en símbolos: “esqueletos de colibríes sucios / cuelgan de mis lágrimas / como banderas rasgadas”. La belleza del colibrí, elevada en tantas tradiciones a emblema de ligereza y vida, aparece aquí despojada, rota, interferida por la suciedad. Es el triunfo del impulso de muerte freudiano que, lejos de representarse como violencia explosiva, se despliega como desgaste, descomposición y deterioro. Las lágrimas no limpian: suspenden cadáveres. El duelo no es proceso; es estancamiento.

En otro momento, el poema dice: “una lluvia que no moja / y un arpa rota / llena de musgo / y promesas e improntas”. Esta serie de objetos que han perdido su función remite a lo que Winnicott llamaría “fallo ambiental”: aquello que debería sostener ya no sostiene, aquello que debería otorgar continuidad se ha convertido en objeto muerto. La lluvia pierde su cualidad nutritiva, el arpa su capacidad de resonar, y en su lugar deja únicamente huellas, “improntas”, que son como trazos mnémicos cargados de ambivalencia. No hay catarsis posible en una lluvia infecunda; no hay melodía en un instrumento tomado por el musgo.

La insistencia del poema en espacios extensos —planicies vacías, tundras infinitas— sugiere una subjetividad que ha perdido sus límites. Lacan afirmaría que el yo está aquí atravesado por un goce que desborda, un goce que no produce placer, sino saturación. “No hay descanso / ni ocaso / ni espíritus de pleitesía”: la temporalidad se suspende, eliminando el ritmo, privando al sujeto de la alternancia necesaria entre tensiones y alivios. La ausencia del ocaso es la imposibilidad del cierre; la psique queda atrapada en un tiempo inacabable, como si la represión hubiera fracasado, dejando la crudeza del mundo interior expuesta sin mediación.

Las “dunas cubiertas de runas / y tumbas / y tundras / infinitas” operan como un retorno al origen de la angustia: el lenguaje se convierte en sepultura, el territorio se vuelve signo, y el signo se vuelve desierto. Es un final que no clausura, que no contiene, sino que expande el vacío. La repetición del fonema “tu–” en “tumbas” y “tundras” resuena casi como un balbuceo del inconsciente, como si el poema se desdibujara en un murmullo que insiste más allá del sentido.

En su conjunto, “Tundras Infinitas” articula un viaje hacia la intemperie psíquica, un recorrido por un paisaje interno donde la alienación es origen y destino. La escritura no busca resolver el conflicto, sino mostrarlo en su crudeza, como si el poema fuese la puesta en escena de un inconsciente que habla sin filtro, sin defensa, sin promesa de retorno. La voz poética no se salva, pero en su extravío deja una huella: una poética del desbordamiento donde la belleza se sostiene, precisamente, en la imposibilidad de curar aquello que insiste en doler.

Biancia Alicia Alas

El poema pertenece al nuevo libro VESTIBULAR disponible en AMAZON. ES

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